Ludoteca ni guardería
ni negocio
La definición con la que se suele
describir una “ludoteca” es: “lugar público que dispone de juegos y juguetes
con los que los usuarios pueden jugar” o -según el diccionario de la Real
Academia Española- “un centro de recreo donde se guardan juegos y juguetes para
su uso y préstamo.”
De esta manera una ludoteca es un
espacio destinado a facilitar, diversificar y potenciar el juego. El
desconocimiento de su esencia y propósito ha llevado a algunos a considerarla
como una guardería -bien surtida de material lúdico- o bien como un posible
negocio. Si bien es importante remarcar que las ludotecas pueden estar
destinadas a todo público, en el caso de los menores de 18 años la propuesta
resulta en beneficio del “derecho al juego” que postula la Convención sobre los Derechos del Niño. En efecto, para los niños y
jóvenes disfrutar de un entorno que respete y promueva este derecho será
determinante en muchos aspectos de su futuro desarrollo.
Las ludotecas fueron creadas
intentando contrarrestar algunas de las carencias de los niños norteamericanos
que tuvieron que lidiar con las consecuencias de la gran depresión de 1929.
Esta vocación social inicial sigue presente en las ludotecas beneficiando a
los menores que enfrentan situaciones particularmente difíciles: Tal fue el
caso del terremoto en Haití, pero también de los internos en hospitales, de los
niños con diversos tipos de discapacidad o, posiblemente, de aquellos que
requieren de terapias familiares. Sería lamentable que una propuesta, cuya
finalidad es promover el juego como elemento indispensable para el desarrollo
equilibrado tanto a nivel personal como social y comunitario, se vea
restringida, por sus costos, a quienes de por sí tienen la fortuna de disponer
en sus hogares de un extenso surtido lúdico.
En paralelo a las bibliotecas,
que brindan un servicio social y garantizan el acceso a un acervo común de
conocimiento, las ludotecas tienen como misión un acercamiento plural a la
diversidad del patrimonio lúdico. Las bibliotecas suelen ser de libre acceso y por
lo general cuentan con un subsidio del gobierno, pretender que la inversión que
requiere una ludoteca sea patrocinada por los propios usuarios resulta poco
realista.
Los juegos y juguetes son
considerados en Japón como parte de la “canasta básica” de una familia. Lograr
un acceso más equitativo al material lúdico es viable -en países con un alto
porcentaje de la población con carencias económicas graves- a través de
espacios comunitarios como son las ludotecas.
Los requerimientos de un tiempo
de distensión, reposo y diversión son evidentes, en un mundo cada día más
marcado por las dificultades de supervivencia, contrapuestas a promesas de
evasión y entretenimiento. Por otra parte la tecnología parece apropiarse de las
opciones disponibles para nuestros contemporáneos en materia de esparcimiento.
El reto de lograr una formación lúdica que permita ser críticos y conocedores
de las propias necesidades -frente a las modas imperantes y a la vastedad de la
oferta- es un desafío adicional para los ludotecarios.
Dejar esta labor sólo en manos de
voluntarios evidencia la poca estima en que se suele tener al juego. En cierta
medida como todos hemos sido (o somos) “jugadores” parecería que esto es
suficiente para ejercer un trabajo que requiere de una preparación efectiva, no
sólo en los dominios del juego, si no en el campo de las ciencias sociales, de
manera a lograr un verdadero equilibrio en las propuestas lúdicas, además de
ofrecer alternativas bien adaptadas a las características de los usuarios. Por
otra parte, aunque un acervo de juegos y juguetes bien surtido es un elemento
clave para el éxito de una ludoteca, de poco servirá si no se cuenta con la
guía y los cuidados de un personal competente y experimentado. Esto sin dejar
de mencionar el espacio que debe ser amplio y acogedor.
Las exigencias de la vida
cotidiana conceden poco tiempo y energías a quienes están a cargo del sustento
del núcleo familiar para acompañar a los menores en las diversas etapas de su
crecimiento. Buscar opciones para cumplir con sus necesidades de conocimiento,
ejercicio, preparación y seguridad es una consecuencia lógica de lo anterior.
Sería deseable encontrar nuevas posibilidades de acompañamiento y cuidado que
permitieran a todos cubrir los requerimientos personales, pero la
responsabilidad que implica tomar a su cargo a los menores no es del todo compatible con
un espacio donde los horarios -por la naturaleza misma del juego- deben ser
flexibles y donde se debe privilegiar el juego a las demás ocupaciones.
El juego libre, a diferencia de
las actividades que se ofrecen en los distintos tipos de talleres, pone el
acento en las propias elecciones de los usuarios, mismos que siempre pueden
decidir con qué quieren jugar, con quién gustan hacerlo y durante cuánto
tiempo. Como en las bibliotecas -y a diferencia de las guarderías- las puertas
de las ludotecas están abiertas. Las ludotecas son un lugar de encuentros,
descubrimientos e intercambios que potencian las relaciones familiares al mismo
tiempo que promueven la comunicación entre pares y/o -sin distinciones de edad-
entre aquellos que optan, en un momento determinado, por una actividad lúdica específica y de interés para
todos .
La complejidad del juego y el rol
central que debería ocupar esta actividad en nuestra formación justifican la existencia
de las ludotecas. Para cumplir su función a cabalidad deberían ofrecer un servicio accesible para todos, además de encontrarse a cargo de un personal debidamente capacitado a quien se le otorgue una merecida remuneración por su trabajo. Para ello el disponer de un subsidio del
gobierno es indispensable tanto para garantizar su buen funcionamiento, como su
permanencia y su difusión entre aquella población más necesitada de sus
beneficios.
Inés Westphalen Ortiz – Marzo
2015
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