No sé cómo, desde la mañana, con la sola interrupción del almuerzo, el noble viejo se había entregado al juego del forastero. Y el forastero era un jugador mañoso, que trampeaba sin hacer trampa. (Si Ud. ha jugado póker me entiende). Y el viejo sí jugaba decente y más que decente.
Las apuestas habían comenzado simples; soles fueron, soles vinieron. Después fueron libras, y el reloj Longines tres estrellas (forrado en oro) y los arreos de "Lucero". Y ahora se jugaba :11 mismo "Lucero". Lo recuerdo todo tan claramente; lo recuerdo por la manera en que acabó, y también porque "Lucero" .cra mío. El viejo me lo había prometido.
(Fragmento del cuento; "Con Jimmy en Paracas." (1967). Revista 'Amaru'.
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